IDEARIO REFORMISTA
SIGNIFICADO DE LA REFORMA UNIVERSITARIA*
por Julio V. González
Con la perspectiva que proporciona el transcurso de cinco años,
bien se puede ya aventurar juicios, denunciar causas y extraer enseñazas,
frente a un hecho producido en el seño de la colectividad.
Tal es el caso de la reforma universitaria. No obstante encontrarnos
viviéndola aún, el momento es oportuno y la investigación
resulta eficaz, si consideramos que la evolución del fenómeno
llega hoy al fin de su primer ciclo.
Pero sentemos desde ahora la premisa cuyo desarrollo dará lugar
a esta exposición: la reforma universitaria acusa el aparecer
de una nueva generación que llega desvinculada de la anterior;
que trae sensibilidad distinta e ideales propios y una misión
diversa para cumplir. No es aquélla un hecho simple o aislado,
si los hay; está vinculada en razón de causa a efecto
con los últimos acontecimientos de que fuera teatro nuestro
país, como consecuencia de los producidos en el mundo. Significaría
incurrir en una apreciación errónea hasta lo absurdo,
considerar a la reforma universitaria como un problema de las aulas
y, aun así, radicar toda su importancia en los efectos que
pudiera surtir exclusivamente en los círculos de cultura.
Error semejante, llevaría sin remedio a una solución
del problema que no consultaría la realidad en que él
está planteado. Digámoslo claramente, entonces: la
reforma universitaria es parte de una cuestión social, que
el desarrollo material y moral de nuestra sociedad ha impuesto a
raíz de la crisis producida por la guerra.
Refundiendo estos dos principios, se puede afirmar que el movimiento
sometido al análisis no es un hecho que se limita a la universidad,
porque e parte de una cuestión social.
1. Características del momento histórico porque atravesaba
el país en 1918.
La guerra europea, la revolución rusa y el advenimiento del
radicalismo al poder en nuestro país, son las tres llaves
que nos abren las puertas a la verdad. Lo primero, bien lo sabemos,
sacudió al mundo con la crisis más aguda que aya sufrido
la humanidad desde la revolución francesa. La civilización
occidental, con todos sus postulados, se presentaba en bancarrota,
producía con ello el caos y daba así libre juego a
todas las fuerzas que un sistema de civilización había
encauzado por largos siglos.
En medio de la desorientación, de la incertidumbre y del
escepticismo que dominaba a los espíritus, aparece en el escenario
la revolución rusa trayendo una luz nueva, ofreciendo ideales
de humanan redención, levantando una voz acusadora y profética
al mismo tiempo. El sordo rumor que, por debajo de las banderías
de la lucha bélica, acusaba la existencia de una corriente
de protesta, se hizo entonces grito rotundo de rebeldía; la
incredulidad latente se concretó en repudio de todo lo imperante;
las corrientes ideológicas en libertad se polarizaron con
rapidez en un ardiente anhelo de verdades nuevas. La revolución
rusa, que para la mirada fría de la historia era un hecho
escueto que obedecía a leyes inmutables, fue para media humanidad
el símbolo de un idealismo rebelde y reconstructor.
Nuestra América fue, puede decirse, el centro adonde vinieron a converger
estas ondas morales que despedía la catástrofe, porque ella,
al no sentir directamente la sacudida, conservó la serenidad suficiente
como para recogerlas hasta en su más íntima vibración.
La nueva generación americana, que se mantuvo así providencialmente
al margen de los sucesos, y que aun se nutría en los viejos institutos,
engendros de aquella cultura agotada en su ideario y desprovista de los principios
que pudieran salvar la situación fue sorprendida por los hechos en el
preciso instante en que se preparaba para actuar.
Por eso, recogiendo la nueva sensibilidad que fluctuaba en el mundo
irrumpió con un solo grito de rebeldía y de protesta
contra todo. Iconoclasta e irreverente como ninguna otra, la nueva
generación americana negó a sus maestros, y haciendo
del dolor de su orfandad la fuente de su energía, se lanzó sola
a conquistar su propio destino.
En nuestro país, el fenómeno se presentó más
preciso por la intervención de un factor propio: el advenimiento
del radicalismo al poder. La colectividad acababa de entregarse a
una fuerza popular nueva, que llegaba con todo el ímpetu y
la ceguera de las corrientes renovadoras. Avasalladora y brutal,
invadió todos los reductos, despreció todas las instituciones
que encontrara, destruyó todas las normas y escarneció a
todos los hombres del régimen que abatía.
¿Qué traía, en cambio? Concretamente nada:
llegaba a destruir. Sus dirigentes no tenían la menor noción
de gobierno, ni conceptos de estado. Contribuyeron de ste modo a
sembrar el desconcierto, dando libe juego a cuanta influencia se
presentara con un sentido popular. Pero, no obstante ello, no era
una tendencia anárquica y disolvente: era una fuerza demagógica,
es decir , esencialmente creadora y fecunda. Arrasaba, pero dejando
el limo fértil de la sensibilidad netamente popular llegada
a las esferas del gobierno.
El radicalismo como factor social, cumplió la misión
de cavar un abismo en el cual quedaban definitivamente sepultada
la generación que había manejado al país desde
el 80 hasta 1916. Con su advenimiento, con su imperio afirmado cada
día mediante sucesivos y ruidosos triunfos, arraigó en
la conciencia nacional la convicción de que la generación
en derrota, lo había sido porque resultó incapaz de
afronta r la solución de los problemas planteados en la colectividad.
Así, pues, la guerra europea, la revolución rusa y
el radicalismo, caracterizaron el momento en que se presentaba la
nueva generación. Instrumento ciego del determinismo histórico,
traía ella la conciencia, oscura aún pero no por eso
menos vigorosa, de que estaba llamada a afrontar la situación
y a desentrañar del caos la razón de su existencia,
las características de su personalidad y el contenido ideológico
de su acción.
2. Vinculación entre la reforma universitaria y el nacimiento
de la nueva generación.
El hecho que caracteriza al ciclo histórico y social cerrado
en 1918, fue la existencia de una clase dirigente que cumplía
su misión desvinculada del medio en que actuaba. Esto vale
tanto como decir que fue una era de valores individuales, cuya acción
se reflejaba en la masa en forma indirecta y débil. La sociedad
en que vivían era para aquellos combes una concepción
teórica, frene a la cual había que aplicar principios
abstractos. Fueron grandes maestros que desarrollaron con ilustración
los principios que los constituyentes del 53 les legaran con la Constitución
nacional. De ella, hicieron su programa. Del pueblo se acordaban
para educarlo con la difusión de escuelas, pero nunca para
consultarlo. Teníanlo por un niño sin discernimiento,
a quien era menester conducir de acuerdo con principio y normas que él
no podía comprender.
La universidad fue un trasunto fiel de este estado de la conciencia
social. Sus aulas, a fuerza de incubar sistemas y formar hombres
imbuidos de principios abstractos, concluyeron por ser la matriz
donde se engendraba una clase privilegiada que debía gozar
exclusivamente de los beneficios de su enseñanza. Fue aislándose
en esa forma del medio en que actuaba, hasta constituir un reducto
aristocrático, que el nuevo orden de los sucesos concluiría
por convertir en foco de reacción.
Pero Osvaldo Magnasco, en 1899, desde los estrados de la Universidad
de Córdoba, ya les dictaba la sentencia de muerte, sin presumirlo.
Refiriéndose a las universidades, dijo: “Las instituciones
son al fin formaciones de orden moral y tienen que adquirir - o languidecen
y mueren – la consistencia y la morfología misma que
quiere darles el medio que las nutre.
Felizmente, la apreciación que hacemos de la vieja universidad
argentina, no es nueva, y con mayor felicidad aún, es un hecho
que puede registrarse en toda América. Lo afirmó hace
ya muchos años la palabra autorizada del doctor Gregorio Aráoz
Alfaro, antes de la reforma, en una conferencia que diera en 1915
en la Universidad de Tucumán. “Las viejas universidades
europeas – dijo – y, en grado menor las nuestras, fueron
eminentemente aristocráticas. No se cuidaron, ni tenían
por qué cuidarse entonces, de las necesidades sociales; que
tan sólo en las últimas décadas sentimos. Ocuapábanse
sólo de las clases sociales elevadas; trataban de prepararlas
para las funciones directivas.”
Lo ha dicho también el doctor Julio Iribarne, cuya actuación
en estas épocas difíciles de la reforma es conocida
y aplaudida por todos. “Pienso – decía, al ser
interrogado por un diario, en 1921 – que ha pasado ya el tiempo
en que la universidad podía quedar como hasta ahora, cristalizada
enana función única, ajena a la solución de
todos los problemas que constituyen la vida misma de la colectividad,
especie de quiste exótico dentro del pueblo que trabaja y
se agita.” No puede darse una expresión más feliz.
Lo afirmó también la juventud universitaria peruana
cuando en mayo de 1921, en el manifiesto del Comité Revolucionario
de Reforma Universitaria, decía: “Sabemos por dolorosa
experiencia histórica que la universidad, o no influyó en
lo absoluto en la marcha benéfica del país, o representó el
baluarte de los prejuicios aristocráticos.” “La
universidad se distanció de los debates en los que palpitaban
las forma de nuevas concepciones vitales y se fraguaban nuevos anillos
de la evolución social.”
Sin contar con que lo gritó hasta el cansancio la revolución
universitaria de Córdoba.
Tal era la vieja universidad cuando surgió la reforma universitaria.
Pero ahora se presenta una interrogante, que si no hubiéramos
esbozado las circunstancias del momento, no tendría respuesta. ¿Cómo
se explica que la nueva generación, que recibía la
cultura y la ideología forjada por la precedente y plasmada
en los métodos de la viejas universidades, surgiese con una
sensibilidad nueva, con una ideología propia, y repudiase
la que se pretendía inculcar? Fue debido a la presión
enorme de las circunstancias externas, porque, como hemos visto,
la guerra, la revolución rusa y el radicalismo, produjeron
la crisis de todos los principios éticos y sociales y el fracaso
de las clases dirigentes.
Estas realidades concretas y palpables, presionaron desde afuera
y dieron lugar a que apareciese, simultáneamente, la reforma
universitaria y la nueva generación que venía a realizarla.
Sin aquella aguda crisis total, que acusaba la terminación
de una era y el comienzo de otra, la nueva generación no se
hubiera podido explicar, porque entonces no habría tenido
misión propia, no se habría podido diferenciar, ni
encontrado en el trance de realizar el esfuerzo maravilloso de gestarse
a sí misma, para adquirir personalidad.
Sorprendida en las aulas por los acontecimientos, se siente llamada
a desempeñar una función histórica, y para hacerlo
debía ir en contra de la universidad y repudiar a sus viejos
maestros. Así lo hizo, sin un instante de vacilación.
En definitiva, y por la concurrencia de diversos factores, la nueva
generación nacía enarbolando la reforma universitaria,
y ambas eran impulsadas a la vida por una fuerza recóndita
de renovación social, que brotaba del fondo mismo de la colectividad.
3. Características originarias de la reforma universitaria
Hija legítima de la realidad social, la reforma universitaria
llevó este sello desde la primera hora. Estudiémosla
en su nacimiento para que comprobemos la verdad incontrastable del
aserto.
Hubo de ser en Córdoba, en la vetusta universidad mediterránea.
Allí estaban más evidentes y palpables los males del
régimen, del sistema que caducaba. La Casa de Trejo era el
baluarte que mayor resistencia ofrecía al avance que se iniciaba.
Por eso, la primera voz de protesta, el primer grito de rebeldía,
agrio e insolente, surgió de labios de los estudiantes cordobeses,
insinuándose desde el instante inicial la significación
esencial del movimiento. La juventud salió a la calle para
volver de ella contra la universidad. Tomaba desde el primer momento
el contacto popular, obedeciendo así a las causas mediatas
e inmediatas que habían determinado su actitud. Porque – ya
lo hemos visto – la reforma universitaria no fue el fruto de
una concepción abstracta, ni el triunfo de una escuela filosófica,
ni la imposición de un grupo de mentalidades privilegiadas;
fue la explosión de un estado de conciencia social que se
había formado alrededor de los cristalizados centros de cultura.
Veámoslo sintéticamente.
La circunstancia ocasional del movimiento cordobés, fue distinguida
por sus promotores como la necesidad de la reforma de los estatutos
universitarios. S e quería un nuevo sistema para la renovación
de los consejos, para la elección de los decanos y del rector,
para el funcionamiento de la docencia. Luego se llegó al grado
máximo de las pretensiones, exigiendo la participación
de los estudiantes en la dirección de la universidad.
Pero si éstas eran cuestiones puramente universitarias, ¿qué necesidades
había de salir a la calle para resolverlas? ¿Qué lógica
podría explicar la aparente incongruencia entre los fines
y los medios? Se perseguía una reforma universitaria, esto
era claro y nadie habló en el primer momento de otra cosa,
aunque el programa de acción contase con algunas ideas generales.
Bien es cierto que se proclamó la democracia, la abolición
de privilegios, de oligarquías, de dogmas religiosos; pero
todo lo era como males arraigados en la universidad.
Pues bien; no obstante el título de reforma universitaria
y del planteamiento de problemas universitarios, los estudiantes
salieron a la calle, se confundieron con la masa social y cuando
hubieron conquistado la conciencia nacional, volvieron contra la
universidad y se apoderaron de ella. ¿Qué consecuencia
tuvo esto? La más trascendental: que los estudiantes regresaban
a la casa de estudios llevando e espíritu de la obra realizada
en la calle, impugnados de la sensibilidad popular, con el sello
de la realidad ambiente, con las palpitaciones del alma colectiva.
Quedaba así definitivamente avasallada la vieja universidad,
para ser suplantada por la nueva, la que se plasmaba como una resultante
del medio, la que se erigía como un regulador de la sociedad,
la que viviría, en fin, según el concepto vigorosamente
impuesto de función social.
Apuntemos los hechos culminantes. A fines del año 1917 fueron
las primeras manifestaciones de descontento, a raíz de la
supresión del internado de los estudiantes de medicina en
el Hospital de Clínicas. Al inaugurarse los cursos de 1918
las protestas se concretan y se amplían. El Consejo Superior
no cede, muy lejos de suponer que aquello era un síntoma de
algo más grave. Se decreta al fin la huelga general, la inquietud
sube de punto y tiene que venir la intervención nacional,
a cargo del doctor José Nicolás Matienzo. El interventor
no presumió tampoco la profundidad del conflicto y la naturaleza
del descontento, y se redujo a reforzar los estatutos de acuerdo
con los que regían en la universidad más moderna: la
de La Plata.
La intervención dejó montado el nuevo mecanismo, que
satisface a los alumnos, y se realiza con todo entusiasmo la campaña
para la elección de las nuevas autoridades, de rector abajo.
La agitación con tal objeto se efectúa hasta ese momento
dentro de los círculos universitarios, sin dar intervención
a la colectividad.
Llega el 15 de junio, día de la elección, y la tendencia
estudiantil. Es derrotada. La juventud despierta entonces a la realidad
de un problema que ella había planteado sin conocer el verdadero
valor de sus términos, y a la verdad del momento que vivía.
Si reformados los estatutos de acuerdo con sus aspiraciones eran
igualmente derrotados, ¿dónde residía el mal?
Si la modificación de los mismos no daba el triunfo al nuevo
espíritu que aquéllos encarnaba, ¿qué era
necesario hacer? Si a pesar de su campaña llevada con los
mejores auspicios, caían vencidos, ¿qué medios
eran menester emplear?
El mal no estaba en los malos estatutos, sino en la tendencia, en
el régimen, en los hombres que dominaban en la universidad
y fuera de ella. La reforma de los estatutos no podía ser
todo el fin del movimiento; había vicios más hondos,
que escapaban a un programa basado únicamente en ello. Los
medios empleados, las fuerzas puestas en juego, eran insuficientes.
Los estudiantes solos no vencerían jamás, porque la
profundidad de aquellos males exigían la intervención
de otros elementos, de otras fuerzas.
Para decirlo de una vez, los estudiantes fueron derrotados porque
no habían acudido al seño de la sociedad, que era la
que en realidad planteara el problema por intermedio de ellos. Instantáneamente
lo comprendieron y fueron al seno de la colectividad. Hablaron al
país, a la América toda. Ampliaron el horizonte, enarbolando
ideales más comprensivos; fueron, en fin, al fondo de la cuestión,
al problema social que el momento histórico porque atravesaba
el país y el mundo, tenía enunciado. Todo lo dice el
manifiesto que después del 15 de junio dirigieron “a
los hombres libres de Sudamérica”. Entonces gritaron: “Estamos
pisando sobre una revolución, estamos viviendo una hora americana.”
Obsérvese lo que era la reforma universitaria, cómo
se iniciaba y cuál era el tono de su primer vagido. Pero aún
agregaban: “la redención espiritual de las juventudes
americanas es nuestra única recompensa, pues sabemos que nuestras
verdades los son – y dolorosas – de todo el continente”.
Llegaron desde ya a concretar algunos postulados, y así hablaron
con rabia y con desprecio, del “arcaico y bárbaro concepto
de autoridad”. Lanzaron su desafío al orden, así en
genérico, y como sinónimo de opresión, porque
- decían – “si en nombre del orden se nos quiere
seguir burlando y embruteciendo, proclamamos bien alto el derecho
sagrado de la insurrección”. Señalaron con índice
acusador, como al mal comprensivo de todos, a clericalismo: “no
podíamos dejar librada nuestra suerte ala tiranía de
una secta religiosa”, “ y entonces dimos la única
lección de cumplía y espantamos para siempre la amenaza
del dominio clerical”. Por cierto que resultó justa
esta aventurada afirmación, porque en todo e transcurso de
la cruenta jornada, fue el clericalismo su enemigo más tenaz,
el único quizá que tuvieran, porque es el parásito
odioso que se prende con saña a todo retoño de libertad
y de progreso.
Éstos fueron los postulados primeros de la reforma universitaria,
y los que hasta hoy perduran y se imponen como puntos del verdadero
y genuino programa reformista, abrazado al nacer por la nueva generación.
No faltó, por supuesto, el que hoy es el eje del movimiento
dentro de la universidad, es decir, la ingerencia de los estudiantes
en el gobierno de la casa. Reclamamos – se dijo en la primera
hora – “un gobierno estrictamente democrático,
sosteniendo que el demos universitario, la soberanía, el derecho
a darse el gobierno propio, radica principalmente en los estudiantes”.
Así comprendida la situación, así interpretado
el momento histórico, se lazaron a la calle a realizar su
prédica, a vivir su vida, a entregarse en brazos del pueblo
que los esperaba. Así se inició en la vida nacional
la nueva generación, saliendo de as aulas en son de franca
rebeldía y de protesta contra la universidad que pretendía
amamantarlos con una ideología exhausta, agitada por una honda
inquietud renovadora y encendiendo los ideales imperecederos de la
libertad y redención par a los hombres.
(*) Conferencia pronunciada en el Ateneo del Centro
de Estudiantes de Derecho de Buenos Aires en 1923.
|