IDEARIO REFORMISTA
LA JUVENTUD ARGENTINA DE CORDOBA A LOS HOMBRES
LIBRES DE SUD AMERICA
MANIFIESTO DE LA F.U.C. DE CORDOBA - 1918
*por Enrique F. Barros, Horacio Valdés, Ismael
C. Bordabehere, presidente. Gurmensindo Sayago, Alfredo
Castellanos, Luis M. Méndez, Jorge
L. Bazante, Ceferino Garzón Maceda, Julio
Molina, Carlos Suárez Pinto, Emilio
R. Biagosch, Angel J. Nigro, Natalio
J. Saibene, Antonio Medina Allende, Ernesto
Garzón.
Hombres de una república libre, acabamos de romper la última
cadena que en pleno siglo XX nos ataba a la antigua dominación
monárquica y monástica. Hemos resulto llamar a todas
las cosas por el nombre que tienen. Córdoba se redime. Desde
hoy contamos para el país una vergüenza menos y una libertad
más. Los dolores que nos quedan son las libertades que nos
faltan. Creemos no equivocarnos, las resonancias del corazón
nos lo advierten: estamos pisando sobre una revolución, estamos
viviendo una hora americana.
La rebeldía estalla ahora en Córdoba y es violenta, porque aquí los
tiranos se habían ensoberbecido y porque era necesario borrar para siempre
el recuerdo de los contra-revolucionarios de Mayo. Las universidades han sido
hasta aquí el refugio secular de los mediocres, la renta de los ignorantes,
la hospitalización segura de los inválidos y –lo que es
peor aún- el lugar en donde todas las formas de tiranizar y de insensibilizar
hallaron la cátedra que las dictara. Las universidades han llegado a
ser así el fiel reflejo de estas sociedades decadentes que se empeñan
en ofrecer el triste espectáculo de una inmovilidad senil. Por eso es
que la Ciencia, frente a estas casas mudas y cerradas, pasa silenciosa o entra
mutilada y grotesca al servicio burocrático. Cuando en un rapto fugaz
abre sus puertas a los altos espíritus es para arrepentirse luego y
hacerles imposible la vida en su recinto. Por eso es que, dentro de semejante
régimen, las fuerzas naturales llevan a mediocrizar la enseñanza,
y el ensanchamiento vital de los organismos universitarios no es el fruto del
desarrollo orgánico, sino el aliento de la periodicidad revolucionaria.
Nuestro régimen universitario –aún el más reciente-
es anacrónico. Está fundado sobre una especie del derecho divino:
el derecho divino del profesorado universitario. Se crea a sí mismo.
En él nace y en él muere. Mantiene un alejamiento olímpico.
La Federación Universitaria de Córdoba se alza para luchar contra
este régimen y entiende que en ello le va la vida. Reclama un gobierno
estrictamente democrático y sostiene que el demos universitario, la
soberanía, el derecho a darse el gobierno propio radica principalmente
en los estudiantes. El concepto de Autoridad que corresponde y acompaña
a un director o a un maestro en un hogar de estudiantes universitarios, no
solo puede apoyarse en la fuerza de disciplinas extrañas a la substancia
misma de los estudios. La autoridad en un hogar de estudiantes, no se ejercita
mandando, sino sugiriendo y amando: Enseñando. Si no existe una vinculación
espiritual entre el que enseña y el que aprende, toda enseñanza
es hostil y de consiguiente infecunda. Toda la educación es una larga
obra de amor a los que aprenden. Fundar la garantía de una paz fecunda
en el artículo conminatorio de un reglamento o de un estatuto es, en
todo caso, amparar un régimen cuartelario, pero no a una labor de Ciencia.
Mantener la actual relación de gobernantes a gobernados es agitar el
fermento de futuros trastornos. Las almas de los jóvenes deben ser movidas
por fuerzas espirituales. Los gastados resortes de la autoridad que emana de
la fuerza no se avienen con lo que reclama el sentimiento y el concepto moderno
de las universidades. El chasquido del látigo sólo puede rubricar
el silencio de los inconscientes o de los cobardes. La única actitud
silenciosa, que cabe en un instituto de Ciencia es la del que escucha una verdad
o la del que experimenta para crearla o comprobarla.
Por eso queremos arrancar de raíz en el organismo universitario el arcaico
y bárbaro concepto de Autoridad que en estas Casas es un baluarte de
absurda tiranía y sólo sirve para proteger criminalmente la falsa-dignidad
y la falsa-competencia.
Ahora advertimos que la reciente reforma, sinceramente liberal, aportada a
la Universidad de Córdoba por el Dr. José Nicolás Matienzo,
sólo ha venido a probar que el mal era más afligente de los que
imaginábamos y que los antiguos privilegios disimulaban un estado de
avanzada descomposición. La reforma Matienzo no ha inaugurado una democracia
universitaria; ha sancionado el predominio de una casta de profesores. Los
intereses creados en torno de los mediocres han encontrado en ella un inesperado
apoyo. Se nos acusa ahora de insurrectos en nombre de una orden que no discutimos,
pero que nada tiene que hacer con nosotros. Si ello es así, si en nombre
del orden se nos quiere seguir burlando y embruteciendo, proclamamos bien alto
el derecho sagrado a la insurrección. Entonces la única puerta
que nos queda abierta a la esperanza es el destino heroico de la juventud.
El sacrificio es nuestro mejor estímulo; la redención espiritual
de las juventudes americanas nuestra única recompensa, pues sabemos
que nuestras verdades lo son –y dolorosas- de todo el continente. Que
en nuestro país una ley –se dice- la de Avellaneda, se opone a
nuestros anhelos. Pues a reformar la ley, que nuestra salud moral los está exigiendo.
La juventud vive siempre en trance de heroísmo. Es desinteresada, es
pura. No ha tenido tiempo aún de contaminarse. No se equivoca nunca
en la elección de sus propios maestros. Ante los jóvenes no se
hace mérito adulando o comprando. Hay que dejar que ellos mismos elijan
sus maestros y directores, seguros de que el acierto ha de coronar sus determinaciones.
En adelante solo podrán ser maestros en la futura república universitaria
los verdaderos constructores de alma, los creadores de verdad, de belleza y
de bien.
La juventud universitaria de Córdoba cree que ha llegado la hora de
plantear este grave problema a la consideración del país y de
sus hombres representativos.
Los sucesos acaecidos recientemente en la Universidad de Córdoba, con
motivo de elección rectoral, aclara singularmente nuestra razón
en la manera de apreciar el conflicto universitario. La Federación Universitaria
de Córdoba cree que debe hacer conocer al país y América
las circunstancia de orden moral y jurídico que invalidan el acto electoral
verificado el 15 de junio. El confesar los ideales y principios que mueven
a la juventud en esta hora única de su vida, quiere referir las aspectos
locales del conflicto y levantar bien alta la llama que está quemando
el viejo reducto de la opresión clerical. En la Universidad Nacional
de Córdoba y en esta ciudad no se han presenciado desordenes; se ha
contemplado y se contempla el nacimiento de una verdadera revolución
que ha de agrupar bien pronto bajo su bandera a todos los hombres libres del
continente. Referiremos los sucesos para que se vea cuanta vergüenza nos
sacó a la cara la cobardía y la perfidia de los reaccionarios.
Los actos de violencia, de los cuales nos responsabilizamos íntegramente,
se cumplían como en el ejercicio de puras ideas. Volteamos lo que representaba
un alzamiento anacrónico y lo hicimos para poder levantar siquiera el
corazón sobre esas ruinas. Aquellos representan también la medida
de nuestra indignación en presencia de la miseria moral, de la simulación
y del engaño artero que pretendía filtrarse con las apariencias
de la legalidad. El sentido moral estaba oscurecido en las clases dirigentes
por un fariseísmo tradicional y por una pavorosa indigencia de ideales.
El espectáculo que ofrecía la Asamblea Universitaria
era repugnante. Grupos de amorales deseosos de captarse la buena
voluntad del futuro rector exploraban los contornos en el primer
escrutinio, par inclinarse luego al bando que parecía asegurar
el triunfo, sin recordar la adhesión públicamente empeñada,
en el compromiso de honor contraído por los intereses de la
Universidad. Otros –los más- en nombre del sentimiento
religioso y bajo la advocación de la Compañía
de Jesús, exhortaban a la traición y al pronunciamiento
subalterno. (¡Curiosa religión que enseña a menospreciar
el honor y deprimir la personalidad! ¡Religión para
vencidos o para esclavos!). Se había obtenido una reforma
liberal mediante el sacrificio heroico de una juventud. Se creía
haber conquistado una garantía y de la garantía se
apoderaban los únicos enemigos de la reforma. En la sombra
los jesuitas habían preparado el triunfo de una profunda inmoralidad.
Consentirla habría comportado otra traición. A la burla
respondimos con la revolución. La mayoría expresaba
la suma de represión, de la ignorancia y del vicio. Entonces
dimos la única lección que cumplía y espantamos
para siempre la amenaza del dominio clerical.
La sanción moral es nuestra. El derecho también. Aquellos pudieron
obtener la sanción jurídica, empotrarse en la Ley. No se lo permitimos.
Antes de que la iniquidad fuera un acto jurídico, irrevocable y completo,
nos apoderamos del Salón de Actos y arrojamos a la canalla, solo entonces
amedrentada, a la vera de los claustros. Que es cierto, lo patentiza el hecho
de haber, a continuación, sesionada en el propio Salón de Actos
de la Federación Universitaria y de haber firmado mil estudiantes sobre
el mismo pupitre rectoral, la declaración de la huelga indefinida.
En efecto, los estatutos reformados disponen que la elección de rector
terminará en una sola sesión, proclamándose inmediatamente
el resultado, previa lectura de cada una de las boletas y aprobación
del acta respectiva. Afirmamos sin temor de ser rectificados, que las boletas
no fueron leídas, que el acta no fue aprobada, que el rector no fue
proclamado, y que, por consiguiente, para la ley, aún no existe rector
de esta universidad.
La juventud Universitaria de Córdoba afirma que jamás
hizo cuestión de nombres ni de empleos. Se levantó contra
un régimen administrativo, contra un método docente,
contra un concepto de autoridad. Las funciones públicas se
ejercitaban en beneficio de determinadas camarillas. No se reformaban
ni planes ni reglamentos por temor de que alguien en los cambios
pudiera perder su empleo. La consigna de “hoy par ti, mañana
para mí”, corría de boca en boca y asumía
la preeminencia de estatuto universitario. Los métodos docentes
estaban viciados de un estrecho dogmatismo, contribuyendo a mantener
a la Universidad apartada de la Ciencia y de las disciplinas modernas.
Las lecciones, encerradas en la repetición interminable de
viejos textos, amparaban el espíritu de rutina y de sumisión.
Los cuerpos universitarios, celosos guardianes de los dogmas, trataban
de mantener en clausura a la juventud, creyendo que la conspiración
del silencio puede ser ejercitada en contra de la Ciencia. Fue entonces
cuando la oscura Universidad Mediterránea cerró sus
puertas a Ferri, a Ferrero, a Palacios y a otros, ante el temor de
que fuera perturbada su plácida ignorancia. Hicimos entonces
una santa revolución y el régimen cayó a nuestros
golpes.
Creímos honradamente que nuestro esfuerzo había creado algo nuevo,
que por lo menos la elevación de nuestros ideales merecía algún
respeto. Asombrados, contemplamos entonces cómo se coaligaban para arrebatar
nuestra conquista los más crudos reaccionarios.
No podemos dejar librada nuestra suerte a la tiranía de una secta religiosa,
no al juego de intereses egoístas. A ellos se nos quiere sacrificar.
El que se titula rector de la Universidad de San Carlos ha dicho su primera
palabra: “prefiero antes de renunciar que quede el tendal de cadáveres
de los estudiantes”. Palabras llenas de piedad y amor, de respeto reverencioso
a la disciplina; palabras dignas del jefe de una casa de altos estudios. No
invoca ideales ni propósitos de acción cultural. Se siente custodiado
por la fuerza y se alza soberbio y amenazador. ¡Armoniosa lección
que acaba de dar a la juventud el primer ciudadano de una democracia Universitaria!.
Recojamos la lección, compañero de toda América; acaso
tenga el sentido de un presagio glorioso, la virtud de un llamamiento a la
lucha suprema por la libertad; ella nos muestra el verdadero carácter
de la autoridad universitaria, tiránica y obcecada, que ve en cada petición
un agravio y en cada pensamiento una semilla de rebelión.
La juventud ya no pide. Exige que se le reconozca el derecho a exteriorizar
ese pensamiento propio de los cuerpos universitarios por medio de sus representantes.
Está cansada de soportar a los tiranos. Si ha sido capaz de realizar
una revolución en las conciencias, no puede desconocérsele la
capacidad de intervenir en el gobierno de su propia casa.
La juventud universitaria de Córdoba, por intermedio de su Federación,
saluda a los compañeros de la América toda y les incita a colaborar
en la obra de libertad que inicia.
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