IDEARIO REFORMISTA
DEODORO ROCA Y LA REFORMA UNIVERSITARIA
*por María Verónica Galfione, UNC
A los 18 años de la Reforma Universitaria, Flecha organizó una
encuesta que respondieron personalidades tales como Julio V. González,
Saúl Taborda o Gregorio Bermann. El periódico cordobés
Los Principios, si bien no había recibido el cuestionario,
intervino en la discusión defendiendo si no las certezas de
los sectores conservadores de Córdoba al menos sí sus
expectativas. El pronóstico que este medio hacía sobre
el futuro de la reforma no puede dejar de resultar extraño
para quienes estamos habituados a la rutina reformista de nuestras
universidades. En Los Principios se podía leer lo siguiente: “Será...
no somos adivinos, pero, uno de dos, o desaparece por atentatoria
del orden hasta la más leve referencia a la reforma, o será un
recuerdo del desquicio imperante el `18. Porque la reforma para los
izquierdistas de hoy, no es nada, y será menos; para los derechistas
es y será lo que fue: un escándalo.”[i]
El desacierto de semejante previsión resulta indiscutible
desde el presente. La reforma universitaria no es ya objeto de luchas
políticas reales en la argentina universitaria. Tradiciones
políticas diametralmente opuestas de la iconoclasta “revolución
de los espíritus” hacen de ella su piedra fundacional
sin que esto implique el desconocimiento de la tradición reformista
por parte de los partidos de izquierda o de los independientes. La
reforma ha perdido su potencial crítico convirtiéndose
en símbolo del status quo. Una institucionalización
que en sus comienzos no fue entendida sino como medio para la realización
de ideales más elevados y sutiles ha sido fatalmente confundida
con los fines mismos. De esta forma, la reforma ha quedado identificada
con ciertas modificaciones (la asistencia libre o la renovación
periódica de los cuerpos académicos, por ejemplo) en
la letra de alguna ordenanza; ha sido clausurada quedando negada
así en lo que ella, según sus realizadores, tenía
de más propio: su ser “proceso dinámico”[ii], “cosa
fluente y dinámica”[iii].
Sin dudas, la historia tiene pliegues que ningún pronóstico
acierta a advertir. Pero la distancia entre las intenciones y los
resultados de un proceso histórico que tuvo alcance internacional
y que puso en cuestión a toda una clase dirigente, distancia
por lo demás propia de todo acontecimiento histórico,
no puede ocultar tampoco las opacidades de una lectura del pasado
que lo convierte en fetiche anulando así su potencial crítico.
Atada a la rememoración de su pasado, la universidad a devenido
una institución anacrónica perdiendo, quizás
definitivamente, toda capacidad de autocrítica y de transformación
autónoma. La tajante predicción de Los Principios no
puede dejar de alertarnos sobre la necesidad de practicar una critica
sobre ese pasado. Como señala con tanto acierto Marx en El
Dieciocho Brumario, “No puede comenzarse [la] propia tarea
antes de despojarse de toda veneración supersticiosa por el
pasado” Esto no significará nunca condenar el pasado
en bloque, lo cual no es, como señala Gramsci, más
que un signo de la incapacidad para diferenciarse de él. Error
que sin duda cometieron los reformistas. Se trata más bien
de la labor crítica que intenta sacarlo de la tradición
en la que la ideología lo ha clausurado, mostrando sus facetas,
pliegues, dobleces, discutiendo el sentido de su apropiación.
A tales fines resulta interesante preguntarse, en primer lugar,
a qué responde el exorcismo de Los Principios cuando el fracaso
de la Reforma es reconocido en ese momento incluso por los mismos
reformistas: ¿cuál es el origen del temor que oculta
la seguridad del pronóstico y la misma necesidad de intervenir
en el debate abierto por Flecha? ¿Cuál es esta urgencia
si la universidad post – reformista se mantiene, si no ya tan
alejada de los avances científicos, no por ello menos ajena
a las transformaciones sociales? ¿Por qué resultaba
imprevisible en 1936 el lúgubre destino de la reforma universitaria?
Sin duda, el foco de la cuestión no está en las modificaciones
estatutarias. En la misma época Deodoro reconoce que a 18
años de la reforma y a pesar de los nuevos reglamentos “el
profesor es el mismo fósiles. Sólo que ahora es más
joven y sabiendo más, le es más inútil lo que
sabe.”[iv]Lo temido, lo escandaloso para Los Principios y para
la derecha en general es el espíritu mismo de reforma, si
por este se entiende esa íntima relación entre conocimiento
y transformación social, entre intelectual y pueblo que, si
bien hace eclosión en 1918, recorría América
latina desde principios del siglo XX. Como señala Ricardo
Melgar Bao[v] las propuestas de extensión universitaria y
de autoeducación obrera que comenzaron a gestarse bajo el
sino arielista durante la primera década del siglo XX, iniciaron
un proceso de reinvención y recomposición de los campos
educacionales y culturales contrahegemónicos. Es decir, no
sólo fueron expresión de un estado social más
o menos generalizado, sino que además contribuyen a forjar
el espíritu de la unión entre estudiantes y obreros.
Durante estas experiencias las elites intelectuales y obreras fueron
aprendieron un nuevo modo de relacionar política y pueblo,
contribuyendo así a la construcción de una nueva cultura
política popular.
Es interesante lo expresado en un Manifiesto del Centro de Estudiantes de Derecho
de Buenos Aires. Allí se señala que la intensión de
la extensión universitaria es la de corregir el divorcio anacrónico
entre la universidad y el pueblo a fines de eliminar la contradicción
inadmisible entre la igualdad y la libertad de derecho y la desigualdad y
esclavitud de hecho: “Un proletariado, sin principios jurídicos,
es del mismo modo que un proletariado ignorante, incapaz de realizar conquistas
definitivas, aunque su brazo tenga un poder suficiente para conseguirlas.
La miseria y el dolor, son, sin dudas, poderosos factores insurreccionales,
pero sólo constituyen fuerzas primarias de arranque; no bastan para
realizar un movimiento provechoso y duradero”[vi]
La faceta antiimperialista de este espíritu se percibe entre
otros casos en los convenios interestatales que la juventud reformista
fue estableciendo. Tanto en el convenio peruano – argentino
de 1920 como en el argentino – chileno se señalan entre
los puntos comunes de acción, el estudio de los problemas
sociales y el sostenimiento por la juventud de las universidades
populares a la par del ideal americanista[vii]. Pero este ideal ya
está presente en el encuentro estudiantil de Montevideo en
1908. Allí se lanzan proclamas americanistas integradoras
y se plantea el principio de rebelión como algo propio de
la vida orgánica misma.
Intentar dilucidar los motivos por los cuales este espíritu,
si bien no desapreció, no logró sin embargo cuajar
en la institución universitaria es una de las preocupaciones
centrales de algunos reformistas. Quizás el aporte más
interesante haya sido el de Deodoro Roca. Las sucesivas lecturas
sobre el acontecimiento que realiza el propio redactor del Manifiesto
del 18 presentan numerosas facetas interesantes que arrojan algunas
pistas sobre las cuestiones planteadas. Se trata, en primer lugar,
de una critica diferenciada e integradora. La estrategia no es nunca
oponer (espíritu juvenil y clasismo, revuelta y revolución,
etc.), Deodoro integra estos aspectos, esquivando así las
rígidas categorías con las cuales estamos acostumbrados
a leer la historia aún cuando esta las cuestione y desborde.
Es importante aclarar, además, que la lectura de su obra resulta
inescindible de la de su vida la cual, como insinúa Saúl
Taborda en la introducción al Las Obras y los Días,
fue quizás su obra principal. La obra de Deodoro no es fundamental,
no trata de un sistema sino de un proceso dinámico; la crítica
a los años reformistas es una crítica surgida de la
práctica, gestada en la misma actividad transformadora, siendo
con seguridad este hecho el que le permite, como afirma en uno de
sus primeros escritos, ver en ‘lo que es’ lo que ‘todavía
no es’, mirar el presente como marco del porvenir.
Deodoro Roca señalará en 1936 : “En 1918: pequeña
burguesía liberal, enecendida de anticlericalismo; vagos entusiasmos,
americanismo confuso, mucha fiebre. Cercando el horizonte a manera
de “decoración”, la Revolución y la guerra...
Adivinaciones, rumbo....”[viii] El tópico de la ceguera
del movimiento reformista ya estaba presente en Aníbal Ponce
en 1927[ix]. Se trataba del impulso de rebeldía propio del
ideal romántico modernista. El cuestionamiento realizado por
Rodó, y toda una generación de escritores, a la mediocridad
preponderante y materialista del espíritu yanqui y burgués
que invadía en aquel momento el mundo, contribuyó a
crear un clima de rebeldía que halló su confirmación
e impulso final en el desencadenamiento de la guerra. La guerra,
señala Aníbal Ponce, fue la “gran liberatríz” ya
que ponía de manifiesto que la modernización capitalista
no sólo introducía con la instalación de su
burocracia estéril “la estúpida y conservadora” rutina,
sino también el egoísmo y la competencia despiadada
e inescrupulosa. La guerra era sólo un duelo entre mercaderes:
una lucha sin heroicidad, sin cuartel y sin nobleza que marcaba el
fin de una civilización que se había confiado ciegamente
al progreso de la técnica sin advertir que su correlato no
era ni el avance moral ni la felicidad. La lectura de Nietzsche y
Freud contribuyó, sin duda, a decretar la decadencia senil
de Europa pero quizás el detonante que marcó la necesidad
de un relevo fue la Revolución Rusa y obviamente la lectura
de Marx, lectura que como señala Crespo, se realizó al
margen del evolucionismo que primaba a nivel internacional[x]. Se
vivían tiempos trascendentales, decía Deodoro en 1920
citando a Trostki. América latina no podía ser ajena
al surgimiento del hombre nuevo.
El manifiesto del 18 da la bienvenida a una hora americana: será América
la encargada, como señala Saúl Taborda, de rectificar
a Europa para garantizar el fuego sagrado de la civilización.
Y frente a esta tarea todo es entusiasmo. Se trata de pueblos jóvenes
para las cuales el pesimismo es anacrónico. Su problema, el
problema de América, se resume en la ausencia de maestros
que puedan señalar nobles direcciones para el pensamiento
y para la acción moldeando hombres americanos. El pasado se
desvanece, sí, y lo hace sin presentar batalla, pero es necesario
encontrar con urgencia nuevos arquitectos dispuestos a construir
sobre las ruinas de aquello que afortunadamente se desmorona.
Los reformistas consideran que es necesaria una revolución
de los espíritus que permita rectificar el rumbo del continente.
Sus expectativas están puestas desde un comienzo en una revolución
que opere desde arriba desarraigando lo mediocre y sus intereses
y moldeando aquellos hombres americanos de los cuales, y paradójicamente,
América tiene necesidad. Como señala Roca, los jóvenes
reformistas estaban convencido de que en las universidades residía
el secreto de las grandes transformaciones. Advertían, sin
embargo, que aquellas, centros naturales de formación que
los espíritus, se encontraban sumidas en el culto fetichista
del pasado. Su producción científica era inexistente
ya que se habían transformado en mera escuela profesionales,
en “fábricas de título”. Profundamente
jerárquicas y autoritarias e insensibles al clima generalizado
de la época, la universidades se convirtieron rápidamente
en blanco de las rebeldía estudiantil.
De la transformación de las universidades se esperaba la
recomposición de la sociedad. El espíritu que en ella
se gestaría, es importante aclararlo, en la práctica
de la investigación, en el ejercicio de la libertad en el
estudio, irradiaría sobre la nacionalidad. El contexto de
una Córdoba pacata y beata encerrada en formalismos y plenamente
autoritaria, fue el impulso final para la rebelión juvenil: “la
rebeldía estalló ahora en Córdoba y es violencia
porque aquí los tiranos se habían ensoberbecido y era
necesario borrar para siempre el recuerdo de los contrarrevolucionarios
de Mayo”[xi]
En los escritos de Roca de la época se advierte como preocupación
prioritaria el tema de la democracia. En La Nueva generación
señala “Señores: la tarea de una verdadera democracia
no consiste en crear el mito del pueblo como expresión tumultuaria
y omnipresente. La existencia de la plebe y en general de toda la
masa amorfa de ciudadanos está indicando, desde luego, que
no hay democracia. Se suprime la plebe tallándola en hombres.”[xii]
La universidad sólo estará en condiciones de contribuir
a esta causa el día de trascienda sus fines profesionalistas: “Por
eso pienso que en las Universidad está el secreto de las grandes
transformaciones, por eso pienso que éstas deben realizar
de otro modo sus funciones, por eso penso que no deben ser sólo
escuelas de profesionales, por eso pienso que necesitamos maestros
a la manera socrática.” [xiii]
Una formación meramente profesional no sólo privilegia
los fines individuales olvidando los colectivos sino que también
limita el proceso educativo al gesto reproductivo. Somete así al
estudiantado a los moldes jerárquicos y a la cultura a fines
heterónomos. En 1920, Deodoro lamentará la servidumbre
más dolorosa y más trágica, la servidumbre de
la inteligencia, de la cultura, de la profesionalidad de la cultura
e incluirá en el análisis de la misma los primeros
elementos provenientes del materialismo. Hablará de un “ejército
resonante de asalariados intelectuales” que atado a la clase
dominante concluye la tarea de los instrumentos centrales de dominación.
La confianza de Roca en que la ciencia liberada de las miserias
a las que la somete el poder político y económico,
prestaría las armas necesarias para la lucha y el surgimiento
del hombre “integral” no suponen de ninguna manera un
mero intelectualismo. Aún cuando nunca deje de creer en la
existencia de un fondo no ideológico oculto tras las tergiversaciones
a las que someten los intereses de clase a la ciencia, esta no estará jamás
de espaldas a su época y a su pueblo. Por el contrario, son
aquellos parásitos de la cultura, los que “temerosos
de dar el salto creador, de la oscuridad de la teoría a la
completa tiniebla del futuro”[xiv], consagran todas sus energías
a lo “puramente universitario”. Sobre este personaje,
francamente monstruoso, Deodoro dirigió sus Flechas más
certeras, las de su humor irreverente. Tales trogloditas, dirá,
creen saldadas sus deudas con los demás “por el mero
hecho de atestiguar ante el asombro privado que son cisternas de
saber” [xv], sin advertir que es necesario que “con la
palabra del intelectual se transparente una acción.”[xvi]
Contra la vergüenza de la inacción “se pregustaba
un estilo de participar y de influir”[xvii]. Pero este descubrimiento
venía de la mano de aquel otro que mostraba los límites
mismos de la obra reformista. Ya en 1920, Deodoro advierte que, en
tanto no se supere la odiosa división en clases de una sociedad
que tiene por única ley el lucro, las universidades seguirán
reproduciendo saberes y jerarquías. La universidad es sólo
un episodio del mal colectivo, de ninguna manera un problema solo
y aislado. “Es más que nada, la resultante de un problema
profundo, concreto, y formidable: el problema social. De la injusticia
social.”[xviii]
Si bien esto no significó nunca, para Deodoro, un menosprecio
por la causa estudiantil y menos aún un abandono de la lucha
dentro de la universidad[xix], mostró sí los límites
de aquella entusiasta Reforma del 18. Si la universidad es “como
un espejo en donde la sociedad se mira” es porque en ella se
refleja con sus luchas, desigualdades e injusticias. La universidad
no puede dejar de reproducir los ciclos de dominación y desigualdad
social y no puede, por tanto, “operar la revolución
desde arriba” reformado una sociedad que es, en definitiva,
la que determina el rumbo de su accionar. La dramática y dolorosa
peregrinación en busca de un maestro que fue inicialmente
la Reforma devino, por virtud de su misma ambición, en un
programa de profundo cambio social. La profesionalización
del saber, la jerárquica relación maestro – alumno,
no podían ser abolidas si no desaparecían también
las relaciones de sujeción externas. Este es, según
Deodoro, el gran descubrimiento de la Reforma: “Esto solo la
salvaría: al descubrir la raíz de su vaciedad y de
su infecundidad notoria, dio con este hallazgo: “la Reforma
universitaria” es lo mismo que la “reforma social” [...]
Buscando un maestro ilusorio se dio con un mundo. Eso “es” la
reforma: enlace vital de lo universitario con lo político,
camino y peripecia dramática de la juventud continental, que
conducen a un nuevo mundo social.”[xx]
La crítica que dirige el redactor del Manifiesto Liminar
a la propia obra reformista no es menos despiadada que la realizada
en el ‘18 a la universidad monástica. Pero se trata
una crítica guiada por un sentido histórico incuestionable.
Deodoro reconoce el origen pequeño burgués de la reforma
pero agrega: “¿y qué? Lo importante es que ha
sido una cosa fluente y viva. Hay grandes ríos que comienzan
en un ojo de agua”[xxi] Algo que sin dudas descubrió también
la reacción, logrando aprisionar a tiempo ese río que
intentaba formarse, en la estrechez de un pasado estéril,
muerto, en un saber “universitario”, en fundamente de
una institución que sólo conserva de aquel viejo espíritu
reformista que proclamaba sin tapujos el “derecho sagrado a
la insurrección” una mal entendida libertad de cátedra,
un periódico recambio de modas intelectuales, pero que no
alberga ya espacio alguno para la posibilidad de un futuro de justicia
mediado por la ciencia. Excelencia académica, conocimiento
burocratizado y sujeto a mediaciones institucionales que reemplaza
todo juicio radical a las reglas de juego y a los propios jueces
académicos.
Sin embargo, los análisis de Roca no concluyen con el descubrimiento
de que es imposible que una parte de la sociedad se eleve por encima
de la sociedad. Roca pone en cuestión los acontecimientos
reformistas a partir de los avances de la derecha. Señala
la emergencia de la “posibilidad del mero vivir” como
problema central del hombre contemporáneo y afirma que de
la universalidad y profundización del mismo se sigue el desborde
de fuerzas que, amenazadas por la inestabilidad generalizada de las
posiciones sociales, ha delegado en Hitler el poder dictatorial[xxii].
América Latina, lejos de los que se pensaba en 1918, no es
ajena a este proceso. La explotación burguesa resulta inescindible
en América del imperialismo yanqui, tanto cultural como socioeconómico.
Deodoro resalta el dramatismo de la situación social latinoamerica,
pero sin desconocer los factores culturales que hacen a esta situación
aún más alarmante. Nuestro países, afirma, se
encuentran frente a una “avasalladora corriente imperialista
que ha de enturbiar el sentido de su civilización”[xxiii]Es
esta civilización foránea la que identifica el ser
con el ser objetivo: “Ser, es ser, en relación a unas
cosas y poder después convertirlas en dinero. Y esto, por último,
significa un poder, o posibilidad de vivir.”[xxiv] Esta situación,
concluirá Roca, es la responsable del fascismo en latinoamérica.
La miseria generalizada por una cultura que explota al mismo tiempo
que denigra, posibilita aquellos regímenes dictatoriales que
a su vez no son más que engranajes del mismo sistema. A la
unidad de América la realizan los explotadores y a la miseria
de los trabajadores la imponen con cuerda de látigo.[xxv]
Frente a esta situación el entusiasmo reformista pone de
manifiesto su total ingenuidad: “la tierra del mundo es ahora
fluida y ardiente. Es ahora fuego y lágrimas. Nada está quieto
y a salvo. Ni la esperanza del hombre. Ya no descansa la tierra.
Y no sabemos dónde, a cabo, se aquietará y adonde irá a
anclar la esperanza del hombre”[xxvi] El trabajo de Roca persiste
pero se ha traslado de los claustros a una trinchera. La armas son
las mismas, palabras encendidas de verdad y de justicia, pero su
sentido es otro. Lejos de la soñada revolución desde
arriba, su práctica se resume en la insistencia minuciosa
de quien reconoce que se enfrenta con el más terrible de los
dioses, con la costumbre.
De esta manera, a 18 años de la reforma, el problema central
para Roca será el de la cultura. Si ya resulta notorio que
la universidad no tiene en sus manos el secreto del país,
una transformación profunda del estado tampoco abarca la totalidad
del problema: “No todo ha de resolverse en el simplismo –dramático,
sin duda- de lo político. Se denuncia, ahí, flagante,
la “crisis de la una cultura”. El problema político
se torna inseparable del “problema de la cultura”. He
aquí una zona desatendida en el paisaje de la Reforma”[xxvii]
La lucidez de la síntesis que realiza Roca acerca de este
itineriario latinoamericano sale a la luz en su artículo El
Difícil Tiempo Nuevo pocos días del golpe del 6 de
septiembre y dice así: “En los países agotados
por la sequía se sabe que a fuerza de esperar llegará un
momento en que el campesino desde que venga la nube, traiga lo que
traiga: agua o granizo.”[xxviii]Sabia lección que fue
interioriza en América Latina por métodos lejanos a
la socrática relación docente – alumno que impulsaba
la reforma y que sin embargo parece aveces haber sido olvidada tanto
así como las reflexiones de quien contribuyó como pocos
a pensar la realidad del intelectual latinoamericano.
Creo que estas reflexiones de Deodoro Roca resultan válidas
hoy en tanto advierten con respecto al triste mesianismo que sale
de la universidad en las contadas ocasiones en las que el debate
gira en torno a la realidad social. Llaman asimismo a revisar nuestra
memoria reformista. La reforma de la universidad es una tarea urgente
pero debe ser realizada lejos ya del entusiasmo del 18. Es necesario “comprender
que la historia es cambio, transformación, renovación
y que es siempre preciso estar dentro de ella.”[xxix]
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[i] “A 18 años vista (Reportaje del diario Los Principios)”,
en: Revista Estudios del Centro de Estudios avanzados de la UNC Nº 1,
Córdoba, 1993, p.138.
[ii] KORN, A., “La Reforma Universitaria”, en: DEL MAZO,
G. (comp.), 1941, La reforma Universitaria, Tomo III, Ed. Del centro
de Estudiantes de Ingeniería, p17.
[iii] ROCA, D., “Encuesta De Flecha”, en: DEL MAZO,
G. Op. Cit., p. 545.
[iv] ROCA, D., “Encuesta De Flecha”, en: DEL MAZO, G.
Op. Cit. p.546.
[v] Cfr. MELGAR BAO, Ricardo “Las universidades Populares
en América Latina 1910 – 1935”, en: Revista Estudios
del Centro de Estudios avanzados de la UNC Nº11-12, Córdoba,
1999, p 41 – 58.
[vi] “Extensión Universitaria”, en: CUNEO, D.
(comp.) La Reforma Universitaria, Biblioteca Ayacucho, p.24 Se aclara
más adelante que “No queremos imponer una verdad sustantiva.
No queremos conducir. Queremos que cada uno tenga capacidad para
concurrir con su esfuerzo consciente a preparar el resurgimiento
fecundo y dinámico de la humanidad reconciliada” Se
solicita así la colaboración del pueblo: “Conocemos
la doctrina, conocemos los códigos propios y ajenos, pero
no conocemos al hombre que con su hambre y su amor, fuera de esa
porción mínima del derecho, encerrado por la letra
muerta de la ley.” Ibídem p.25 Asimismo en el primer
Congreso internacional de estudiantes, México 1921, auspiciado
por José Vasconcelos, el movimiento estudiantil realiza un
compromiso “por el advenimiento de una nueva humanidad, fundada
sobre principios modernos de justicia den el orden económico
y político” señalando también que “es
una obligación de los estudiantes el establecimiento de universidades
populares, que estén libres de todo espíritu dogmático
y partidista y que intervengan en los conflictos obreros inspirando
su acción en los modernos postulados de justicia social”,
en: DEL MAZO, G. Op. Cit. Tomo II, p. 82.
[vii] Cfr. “Convenio peruano – argentino”, “Convenio
argentino – chileno”, en: Cuneo Op. Cit. p.19.
[viii] ROCA, D., “Encuesta De Flecha”, en: DEL MAZO,
G. Op. Cit. Tomo III p546. Allí agrega: “los jóvenes
del 18 eran más ruidosos y tenían más aliados.
Tenían también –acaso por lo mismo- más
capacidad de entusiasmo y más combatividad. Ahora son menos,
pero más lúcidos. Entones adivinaban, ahora saben”.
[ix] En este sentido se expresaba también en 1927 Aníbal
Ponce: “Para los que seguían, con ojo atento, la marcha
dramática de la reforma, la restauración no fue ni
siquiera una sorpresa. Un vicio originario había venido con
aquella, y este vicio malograba sus puntos más hermoso. Porque
si estaba de modo tan comprometida era porque había empezado
siendo un movimiento a ciegas, un gesto de rebeldía casi inconsciente,
un cambio de postura casi reflejo. Para destruir puede bastar el
impulso; para edificar es necesario el método.” PONCE,
A., “El Año Mil Novecientos Dieciocho y América
Latina”, en: DEL MAZO, G. Op. Cit. p362.
[x] CRESPO, H, “Una Hora Americana”, estudio preliminar
a: Manifiesto Liminar de la Reforma Universitaria, Ed. UNC, Córdoba,
1998 pp. 2-3.
[xi] ROCA, Deodoro, Manifiesto Liminar de la Reforma Universitaria,
Ed. UNC, Córdoba, 1998 p.5.
[xii] ROCA, D., “La nueva generación”, en: Cuneo
Op. Cit. p.147.
[xiii] ROCA, D., “Ciencias, maestros y universidades”,
en: ROCA, Deodoro, Las obras y los días, Ed. Losada, Bs. As.,
1945. p49.
[xiv] Ibídem p.44.
[xv] ROCA, D., “Memorias de Aníbal Ponce”, en:
ROCA, Deodoro El difícil tiempo nuevo, Ed. Lautaro, Bs. As.,
1956, p.39.
[xvi] ROCA, D., “Henri Barbusse”, en: ROCA, D. Op. Cit.
p 47.
[xvii] ROCA, D., “Sobre política educacional”,
en: El Drama Social de la Universidad, Editorial Universitaria de
Córdoba, Córdoba,1968, p96.
[xviii] ROCA, Deodoro La Reforma no será posible sin una “Reforma
Social”, Ibídem p. 82.
[xix] Aún figuras como Aníbal Ponce consideraron “suicida” la
renuncia a la lucha dentro de la universidad. Cfr. PONCE, A., “El
Año Mil Novecientos Dieciocho y América Latina”,
en: DEL MAZO, G. Op. Cit. p363-366.
[xx] ROCA, D., “Encuesta De Flecha”, en: DEL MAZO, G.
Op. Cit., pp. 545 -546
[xxi] ibídem, p545.
[xxii] ROCA, D., “El Drama Social de la Universidad”,
en: DEL MAZO, G., Op. Cit. p530
[xxiii] ROCA, D., “El Imperialismo invisible”, en: KOHAN,
Néstor, Deodoro Roca, el hereje. Ed. Biblos, Bs. As 1999,
pp. 190 – 191.
[xxiv] ROCA, D., “El Drama Social de la Universidad”,
en: DEL MAZO, G., Op. Cit. p530.
[xxv] ROCA, D., “El drama de los trabajadores”, EN.
KOHAN, N., Op. Cit. p200.
[xxvi] ROCA, D., “El poeta y el mundo: Alberti”, en:
ROCA, Deodoro, Las obras y los días, Ed. Losada, Bs. As.,
1945. P.56.
[xxvii] ROCA, D., “El Drama Social de la Universidad”,
en: DEL MAZO, G., Op. Cit. p531
[xxviii] ROCA, D., “El Difícil Tiempo Nuevo”,
en: ROCA, Deodoro, El difícil tiempo nuevo, Ed. Lautaro, Bs.
As., 1956, p81.
[xxix] ARICO, J. “Pasado y Presente”, en: Pasado y Presente,
Nº1, 1963, p.4.
BIBLIOGRARÍA
“ A 18 años vista (Reportaje del diario Los Principios)”.
En: Revista Estudios del Centro de Estudios avanzados de la UNC Nº 1, Córdoba,
1993, pp136-138.
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CUNEO, Dardo (comp.), La Reforma Universitaria, Biblioteca Ayacucho,
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DEL MAZO, Gabriel (comp.), La reforma Universitaria, Tomo II y III,
Ed. Del centro de Estudiantes de Ingeniería,1941
KOHAN, Nestor, Deodoro Roca, el hereje. Ed. Biblos, Bs. As 1999
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Latina 1910 – 1935” En: Revista Estudios del Centro de
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MARGAN, W, J. Antonio Gramsci y Roaymono Williams. Obreros, intelectuales
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