IDEARIO REFORMISTA
CONDICIONES PARA LA UNIVERSIDAD LIBRE*
por Aníbal Ponce
En una de las páginas más hermosas de su Juan Cristóbal,
Romaní Rolland nos ha contado cómo su héroe
volvió una vez derrotado y deshecho. El buen muchacho había
salido al encuentro de la vida con esperanzas enormes y pensamientos
confusos. Pero la vida que no se entrega sino al claro mirar, le
había cerrado el paso con su puño de hierro. Ganas
de llorar le venían al muchacho; de llorar con esas lágrimas
de la derrota injusta que alguna vez hasta el Cid dejó que
le corrieran por las barbas. Y fue entonces, cuando más agudo
era el dolor y más amargo el gusto de ceniza, que Romaní Rolland
le habló de esta manera: “Sufre, mi buen muchacho; sufre
un poco, porque una derrota no viene mal cuando se es fuerte”.
Así también nuestro buen Juan Cristóbal, que
hace diecisiete años se lanzó a la conquista de la
universidad señorial, llevaba en el corazón ilusiones
sin medida, y en el espíritu las doctrinas más dispares. ¿Cómo
extrañarse entonces de que al andar de pocos años la
realidad americana le cortara el camino, le rompiera las armas y
le estrujara los sueños? Aquel fuerte muchacho, a quien no
faltaba por cierto el ardor combativo, tenía sobre el mundo
y la política las ilusiones más extrañas. Creía
que la juventud tenía un valor en sí; que la historia
era un choque perpetuo entre generaciones “polémicas” y
generaciones “cumulativas”; y que bastaba por tanto desalojar
de los claustros a los envejecidos y arrojar del gobierno a los mediocres,
para que empezáramos a vivir la “hora americana”.
No confiaba para eso en el único auxilio de sus fuerzas. En
la calle y en la plaza había descubierto a un aliad formidable:
el aguerrido y brioso proletariado americano. Pero aunque fraternizaba
con él, y decía compartir sus ideales, le disputaba
de hecho los puestos de comando y hasta pretendía esclarecerlo
con su propia doctrina de las “generaciones”. Desdichada
teoría y candorosa fatuidad a las que debió en buena
parte su derrota. Mas, como había en él voluntad de
pelea, y corazón de sobra, aquella derrota le curó de
ilusiones y le hizo entrar por los ojos el crudo dramatismo de la
realidad contemporánea. En las prisiones y en el destierro
comenzó a sospechar que las luchas son las que dirigen la
historia, y que en ele momento actual las intenciones mejores sólo
conducen a la esterilidad o a la reacción cuando no se acepta
la hegemonía indiscutible del proletariado.
Semejante transformación fundamental no implica, de ninguna
manera, la renuncia a los grandes ideales que dieron al movimiento
del 18 su vasta repercusión americana, pero en vez de perseguirlos
casi a ciegas por caminos imposibles, se sabe ahora con absoluta
certidumbre cuáles son las condiciones previas que es necesario
realizar. ¿Cómo alzar el edificio de la Universidad
futura en esta sociedad actual que detiene el avance de las técnicas,
que niega a las masas estudiantiles el derecho de la cultura, que
las rechaza de plano bajo el pretexto del examen de ingreso, que
las persigue en las casas de estudio con aranceles monstruosos, que
alarga innecesariamente los estudios para impedir que salga de manos
de la burguesía el monopolio de la cultura y de la ciencia?
¿Cómo construir el hombre libre” en esta sociedad
actual que sólo piensa en la guerra como solución de
su crisis y en el terror del fascismo como único sistema para
prolongar durante un tiempo una dominación que ya ha concluido?
La “nueva universidad” a la que todos aspiramos, el “hombre
libre”, cuya existencia queremos hacer una realidad sobre la
tierra, exigen como condición primera la transformación
radical de la sociedad sin alma. La universidad nuestra será libre
cuando las masas americanas hayan conquistado también su libertad;
cuando después de confiscar los latifundios, arrojar a los
banqueros invasores y aplastar el enemigo de tantos siglos, empiecen
a construir desde los propios cimientos la única sociedad
en que podrán vivir la universidad “nueva” y el “hombre
libre”. Esa universidad y ese hombre no son las viejas ilusiones
de otro tiempo que se presentan ahora remozadas. Sobre la sexta parte
de nuestro globo son ya una fresca realidad viviente. He tenido la
fortuna de pasar por esas aulas, de compartir la vida de esos hombres.
Y bien, amigos míos: todo lo que nosotros anhelamos desde
hace tiempo, todo lo que algún día aspiramos a ver
con nuestros propios ojos en esta Argentina del cariño entrañable,
marcha ya con paso firme en la primera de las patrias proletarias.
El enorme tesoro acumulado por la labor de siglos está al
alcance de la mano que lo quiera. Abiertos están para todos
los laboratorios y las facultades, los institutos y las escuelas.
Y mientras en el resto del mundo el estudio desfallece y la investigación
se agota, casi no hay allí un solo día en que no se
registre un nuevo triunfo sobre la naturaleza. Emocionante espectáculo
el de aquella sociedad que ha encontrado por fin “el hombre
perdido”, y en la cual la cultura no es privilegio de nadie
porque primero extirpó el privilegio económico.
¿Significa esto renunciar a la lucha dentro de la universidad
hasta que llegue triunfante el día del advenimiento? Sería
suicida semejante actitud. Nada ocurre en la historia de manera mecánica.
Somos los hombres los que la vamos haciendo con nuestros actos,
y de nada serviría saber que están con nosotros las
fuerzas del porvenir si no les saliéramos al encuentro con
el continuo combate. No hay una sola reivindicación estudiantil,
por minúscula que sea, que no merezca la acción más
tesonera. Porque lo grave y lo serio no es el arancel éste
o el reglamento aquél. Lo grave y lo serio está en
saber que detrás de esas cosas en apariencia tan pequeñas
vienen preparando su ofensiva las fuerzas sociales enemigas y que
e necesario por lo mismo movilizar las grande masas para montar día
y noche la guardia vigilante. Con otra doctrina, con otros métodos,
siguen pues en pie los ideales de la reforma. Pero las masas estudiantiles
que le dieron en otro tiempo el gesto iracundo y el ardor de lo bélico,
han ganado ahora en amplitud, en decisión y en experiencia.
Si ayer la reforma tenía como telón de fondo la democracia
evangelista de Wilson, tiene hoy – debe tenerlo – las
acciones conjuntas del frente antifascista. No agradeceremos bastante
al valiente proletariado de París esta formidable lección
que nos ha dado; el fascismo no es un proceso social inevitable,
una etapa cruenta y trágica que es ineludible atravesar. El
fascismo, por el contrario, detiene su marcha o se bate en retirada,
cantas veces encuentra a su paso, en actitud e batalla, la unión
inconmovible de todas las izquierdas. En el momento en que vivimos,
la formación de ese frente es una condición vital para
nuestra propia causa. Porque el fascismo no sólo es la guerra,
el terror y la miseria; el fascismo es también la cultura
estrangulada, la universidad convertida en un cuartel, la inteligencia
envilecida y muda. De nosotros depende que esa ignominia se instale
o no en nuestra historia; de nosotros depende que la cultura humana
no se esterilice aquí durante quién sabe cuántos
años.
Sonrieron los profesores de Alemania cuando el viejo Engels afirmó que
el proletariado era el heredero legítimo del pensamiento clásico.
Pocas cosas más tristes que la sonrisa de ciertos mandarines.
Mientras el mundo hierve y las masas que sufren rumorean, ellos dicen
vivir de cara a lo absoluto, entre los valores eternos y las esencias
diáfanas. Mas tan pronto un tirano les pone en las espaldas
su bota de hiero, siempre hay un Gentile para las mesnadas de Mussolini,
siempre hay un Heidegger para los incendiarios de Hitler. Y bien,
mis camaradas: en este nuevo aniversario de un movimiento estudiantil
que se propuso nada menos que echar las bases de la cultura nueva,
hagamos nuestras una vez más las palabras de Engels, bajo
la sonrisa de nuestros mandarines. El proletariado sí es el
heredero legítimo de la cultura humana porque siendo entre
todas las clases sociales la única que no aspira a perpetuarse
como clase, puede por eso asegurar al hombre la plenitud de su desarrollo.
En el frente resuelto de todas las izquierdas tiene, como ninguna,
el derecho de ocupar su puesto en la vanguardia. Como ninguna también
sabe con absoluta claridad qué es lo que quiere y adónde
va. Quizá por ello no juega nunca con la revolución.
Pero cuando la toma por bandera la conduce hasta el fin entre sus
puños cerrados.
(*) Discurso pronunciado en el acto de la Federación
Universitaria de Córdoba, para conmemorar el 17 aniversario
reformista, julio de 1935.
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